sábado, 28 de febrero de 2015

punta arenas



Se pasa la noche lloviendo sobre la chapa del tejado; pero nos sentimos a gusto acurrucados en la cama y con la calefacción a tope. El desayuno tiene de todo. Nos pegamos una hora disfrutando del saloncito, junto a los ventanales, por donde entra el sol.

Como no hemos encontrado ningún bus nocturno a Ushuaia, el plan cambia, pues no queremos pasar montados en autobús el tiempo que nos queda. Decidimos montar cuartel general. Cambiamos de hostal a otro más barato, que resulta ser mejor y más céntrico, y llevamos la ropa a una lavandería. Comienza otro viaje hacia el calor, avanzando hacia el norte.

Paseamos por Punta Arenas. Las avenidas llenas de cipreses, los perros duermen en los bulevares, junto a los mendigos, el chalet neomedieval de Charles A. Milward, donde acogiese a Sackleton. La iglesia salesiana de María Auxiliadora, donde hay un velatorio del que sale una mujer espantada que dice sobre el muerto: está completamente desconocido; y venden agua bendecida por el papa Juan Pablo IIEl Parque de Vicente Kusanovic, con una colección de abedules con un tronco de un metro de diámetro y la estatua de Manuel Bulnes, con un caballo harto harto de su dueño (es digno de comparar las expresiones de Bulnes y la de su caballo). El cementerio con el pórtico modernista, fascista como todo aquello con afán de inmortalidad, hecho en 1919 y financiado por Sara Braun. (Aún se conserva la casa de la Señora Braun, patrimonio nacional, en la Plaza de Armas. Un bonito y rebuscado edificio neoclásico con una terraza acristalada donde hoy hay un café).

El cementerio es digno de ver. Conviene ingresar por las puertas laterales, que no tienen taquilla. Especialmente hermosos los paseos de cipreses recortados y los bloques de los nichos, donde están las tumbas más populares. Tras sus puertas de cristal aparecen pequeñas figuras relativas a la vida del durmiente: ovejitas y algún caballito, juguetes, figura de porcelana y fotos. Algo así como sería el aparador de la tía Eloísa. Y lo más conmovedor es la tumba al indio desconocido, teniendo presente que el hombre blanco extinguió todas las etnias de la zona, el llamado genocidio selknam, y que la única descendiente pura, Ángela Loij, murió en 1974. En ella hay un indio cabizbajo de bronce convertido ahora en una deidad o espíritu bueno al que se le piden milagros o favores. Lo llaman el indiecito y su pié brilla como el oro de ser frotado. Las paredes que rodean al indio está llenas de exvotos de piedra agradeciendo los favores recibido e incluso los milagros realizados.

Recogemos la ropa limpia y planchada. Sacamos los boletos para el Fuerte Bulnes y una visita a los pingüinos para mañana. Paseamos viendo edificios, compramos los bocatas de mañana y nos sentamos en la Plaza de Armas para ver a la chavalería hacer acrobacias con las bicis y el monopatín.

Cenamos de maravilla en el Restaurante Remezón, del que nos habían hablado muy bien. Dos principales, merluza negra y corderillo al horno, y un helado de lúcuma con crema caliente de calafate de postre. Si el cordero está rico, la merluza es espectacular. Con el exterior crujiente, especialmente la piel y el interior muy entero. Riquísima.

Regordetes y llenitos volvemos felices a casa. Se pone a llover.


Restaurante Remezón
Productos regionales. Castor, guanaco, liebre, cordero, pescados y mariscos.
21 de Mayo 1469 (junto al mercado)
Punta Arenas
Dos principales, postre y vino: 39 euros
No tienen tarjeta, por lo que hay que pagar el IVA

viernes, 27 de febrero de 2015

chapas de cervezas de argentina



De mi reciente paso por Argentina, traje estas chapas de cerveza.

el estrecho de magallanes



Dejamos Puerto Natales en un bus comodísimo que nos lleva por la planicie esteparia durante tres horas casi en línea recta. Vegetación baja y amarillenta, matorrales, algún árbol que el fuerte viento inclina. Lagunas con flamencos rosas. En el aeropuerto se bajan todos aquellos viajeros que vuelven a Santiago. Algunos ya conocidos se despiden.

Punta Arenas es una ciudad grande y hermosa. De calles anchas y casas bajas, de ladrillo. Con mucha vegetación, especialmente cipreses y unos pinos de varios troncos unidos con el hermoso aspecto del cedro del Líbano y que me dicen es el de Oregón, de unos tamaños espectaculares. Antes tenían un letrerito con sus nombres, pero eso ya se acabó, me dicen en la Plaza de Armas, donde está la Casa de España y el enorme edificio neoclásico del negocio del insigne español, de Avilés, José Menéndez, el rey de la Patagonia, enriquecido con el negocio de la lana, pionero en la cría de ovejas y corderos traídos de las islas Malvinas (dicen los chilenos que el mejor cordero está aquí, en la estepa plana, comiendo una hierba llamada coirón). También tiene una calle principal y se conserva su casa original, que fue la primera construida de ladrillos, traídos en un vapor de Uruguay, de donde era su señora. Ahora Club de oficiales.

Vemos la aburrida iglesia. Sacamos dinero del Banco de Chile, que no cobra comisiones. Nos despedimos de la estatua de Don José, con gafas redondas, y subimos al mirador. Ahí está la ciudad de tejados de chapa ondulada entre el verde de los muchos árboles. La dibujo al abrigo del fuerte viento. Al fondo: el puerto, el mar, el Estrecho de Magallanes. Y más aún: las siluetas azuladas del la Tierra del Fuego. El fin del mundo.

El 21 de octubre de 1520, el portugués renegado Magallanes encontró por estos lares, la tierra que él mismo llamó Patagonia, una gran entrada del mar tras el cabo que llamó de las Once mil Vígenes. El 1 de noviembre entró al estrecho que llamó de Todos los Santos. Venía financiado por Carlos I y Cristobal de Haro para encontrar un paso a las Islas de las Especias (Molucas). A su paso encontró fuegos encendidos en la costa sur, y la llamó Tierra de los Fuegos.

Hasta la creación del Canal de Panamá, este estrecho era paso obligado para los viajeros a la costa del Pacífico, lo que lo convirtió en un muy importante puerto. Por aquí pasaron y se quedaron miles de emigrantes, especialmente con la fiebre del oro, creando grandes comunidades. Croatas, suizos e ingleses. Y jornaleros de Chiloé. También escoceses, irlandeses, españoles, alemanes.

Casas señoriales de los reyes de la lana. La iglesia anglicana junto al instituto inglés, con ese toque colonial. Bonitas casas forradas de chapas. Las avenidas de Colón y España. El Museo Regional.

Cuando el sol se esconde hace un frío quepaqué. Es tan fuerte que es imposible mirarlo y una nube puede conseguir pasar del calor al frío. Compramos la cena en el súper con una cerveza Austral, fabricada aquí y creada originalmente por un inmigrante alemán. Nuestra habitación es más bien un apartamento, con dos habitaciones y baño.También tiene frigo. La casa tiene un pequeño jardín.
Nos hacemos unos bocatas a la chilena. El embutido y las salchichillas combinan de maravilla con el aguacate maduro. La cerveza me deja un poco así y dejo este asunto.


jueves, 26 de febrero de 2015

media sandía en el lago pehoé






El Parque Nacional Torres del Paine fue creado en 1959 y ocupa una superficie de más de 227.000 hectáres. Entre la estepa y el matorral preandino, destaca la cordillera Paine, y dentro de ella las Torres o cuernos, una formación de tres agujas de granito, de un color marrón en contraste con el resto negruzco azulado, que llegan a una altura de 3.050 metros, la montaña más alta del parque.

Recorremos sus lagos, ríos, cascadas, siempre con la presencia del macizo: el Cerro Paine con su cumbre cubierta de un manto de nieve perpetua de más de cien metros de grosor, los Cuernos del Paine con el Cerro Fortaleza y el Monte Almirante Nieto. Paseamos por la orilla oriental del Lago Grey y vemos su glaciar. Hay que agarrarse para que el viento no te lleve, me hace difícil dibujar. Visitamos el Lago Sarmiento, la Laguna Verde, el Lago Toro, los ríos Soriano, Grey y Paine. En una terraza a orillas del Lago Pehoé nos hacemos unos bocatas de queso y jamón cocido con palta y luego nos apretamos media sandía. Caminando hacia una cascada, vemos un grupo de armadillos, el peludo ciego dicen, un extraño animal con anillas peludas, cabeza triangular y patas pequeñitas que se enrollan haciéndose una pelota. Resultan ser unos simpáticos animalillos a los que no molestan la presencia de humanos. También vemos águilas, guanacos y ñandús, algo parecido a un avestruz, pero sin esa fama de huir de los problemas.

También visitamos una cueva glaciar donde se encontraron huesos fósiles del milondón darwini, un perezoso extinguido hace 10.000 años. Allí pueden verse los restos arqueológicos encontrados por un ovejero: un trozo de piel peluda y otro de fémur.

Al volver, visitamos el puerto pesquero y la costanera. Tomamos un té frente al lago, canal o lo que sea que vieran aquellos cansados guerreros. Los cisnes de cuello negro, un pingüimo varado. Subimos Bulnes con sus casas de colores, sus negocios. En casa, encendemos la calefacción. Un viento fuerte parece que levantará el tejado. Nos acurrucamos bajo las mantas.

puerto natales




A las seis y algo se repite el juego de las nubes, sus siluetas negras alargadas repretándose en el horizonte y luego se van coloreando de rojo. Muy lejos de este desierto, están las montañas. Los Andes se levantan sobre la llanura como un perfil topográfico. La estepa. En la charcas, flamencos. De lejos las tres torres del Paine (que dibujo en mi asiento del bus).

En la aduana fingimos entrar y salir andando, pues no estamos en la lista cerrada del bus. No obstante, resulta cómoda y rápida, para la cantidad de gente que viene del concierto de El Calafate, y ni nos miran las mochilas. A las once estamos en Puerto Natales. Una ciudad extensa con casas bonitas de madera y latón. Además del punto del puerto, el faro, los barcos de colores, el muelle. Los cisnes de cuello negro. Las piedras erráticas, traídas por los hielos glaciares, como echadas con el cubilete.

Este pueblo vivió de la minería de Río Turbio, un pueblo fronterizo argentino, que acabamos de cruzar. Aún se recuerda alguna huelga fuerte. Pero aquello acabó, y también su industria de la lana. Hoy viven fundamentalmente del turismo. De las Torres del Paine.

Nos marean con la oficina de Navimag y no podemos cerrarlo hoy. Pero sí comernos el mitológico cordero de La Última Esperanza. Los calamares no desmerecen, jamás he probado unos, chopitos para nosotros, con tanto sabor. El cordero no decepciona. Se ve gente de posibles por las mesas. Comemos bien, con un cabernet sauvignon.

Cuando, en 1558, un grupo de españoles agotados y desesperados de buscar sin éxito aquel estrecho que Magallanes osó cruzar evitando el Cabo de Hornos, encontraron este canal que ahora pasa por Natales, lo llamaron La última Esperanza. Si les hubieran sacado este cordero, seguro que no hubieran seguido. Pero no fue así y lo encontraron el año siguiente.

Hace frío y viento. Compro una sudadera calentita en  Ropa americana, una tienda de segunda mano, que supla mi pérdida del plumas. Beni va a la pelu con Bety. Después paseamos por el pueblo e invitamos a unos capuccinos en un bar agradable de guiris, con sofás para sentarse.

Bety por fin se abre y nos cuenta la historia de su marido, al que dejó por alcohólico y, posteriormente, violento maltratador. No necesito a nadie, dice, tengo a mi madre y a mi hijo que son las personas que más quiero. Y así parece, pues es una mujer alegre, habladora, juerguista (pero seria, dice). Nos invita a su casa de Valparaíso para la vuelta a Santiago, a lo que accedemos. Le pido la petaca para la lágrima del café. Yo le llamo carajillo, ella irlandés. Nos promete encontrarnos un buen queso chileno. Nos da a probar su mermelada de ruibarbo.

Subimos alegres Bulnes y luego Krugger, y en la puerta de su tía nos despedimos con dos besos, a la española. La habitación está fría, nos encienden una estufa.

martes, 24 de febrero de 2015

salir de el calafate



Despierto en la noche. Bombillas amarillentas.  Montan en el autobús, que resopla. Alguien hace siluetas chinas con las nubes y las estira horizontalmente. La luz las va enrojeciendo y descubriendo un paisaje completamente diferente: desérico, si árboles. Campos amarillentos abiertos sin apenas lomas ni árboles. Arbustos secos. Grupos de guanacos, algún ñandú. El lago Cardiel. Las montañas aparecen y crecen. Para la llegada al lago Viedma ya son grandes y hermosas, y al girar  para el Chaltén se ve el glaciar Viedma blanco cayendo al lago lechoso. Allí, al fondo, está la imponente mole del Fitz Roy. Del bus salen agerridos mochileros que inmediatamente cogen el camino hacia el totem. Nosotros estamos cansados y faltos de días, perdonamos el paseo y seguimos en el bus hasta El Calafate. Aquí se quedan Franziska y su cuaderno diario y Koki, el japo despeinado. Despedidas.

Calafate vive un mes de fiestas y está a tope de turismo nacional y chileno. Para colmo hoy canta y gratis en su plaza el famoso bachatero Romeo Santos, y está todo a tope de jóvenes, los hoteles y hosterías llenos, los cajeros sin un peso, las calles repletas, las plazas de buses ocupadas. Esto es aún peor que Bariloche. Solo coseguimos una habitación por 1.300 pesos argentinos y una promesa de un autobús adicional para el miércoles.

Dos señoras chilenas buscan con quien compartir taxi al glaciar Perito Moreno. Nos apuntamos  y nos olvidamos de historias. El glaciar, con una pared de ochenta metros de altura, es de una belleza pasmosa, salvaje, tiene un color fortísimo azul y a la vez transparente y algunas suciedades de barro que le restan una miaja de elegancia. Lo que más me llama la atención es lo cerca que está el muro de tierra, dividiendo en dos el lago donde vierte, y por tanto lo cerca que puede verse. De vez en cuando, se oye un estruendo provocado por trozos de hielo que se derrumban contra el agua y empiezan a flotar, alejándose. Busco todas las perspectivas, dibujo sin éxito, descanso agotado y lo dejo por fin para tomarme un café. Hacemos unas migas más o menos correctas con las señoras y logran meternos en su bus de vuelta a Puerto Natales por un ridículo precio. Esto ocurre a las dos de la mañana, luego de habernos comido una parrillada con vino y haber oído al bachatero. Todo el mundo enloquece, pero nosotros solo somos capaces de sentir frío y sueño.



a argentina por chile chico



En la mañana el galló cantó dos veces. Un predicador platica con la doña, hablan de Dios y de perdonar las ofensas. Los guasos ponen las monturas y los herrajes a los caballos, luego se ponen los sombreros de ala ancha, el poncho, las botas de caña alta y las espuelas. Son caballos de pura sangre chilena, descendientes de los españoles (aunque más bajitos). Arriba de Puerto Montt los caballos son para la pura competición, aquí los usamos para el campo y la competición.

Paseo siguiendo el río Tranquilo unos cuantos kilómetros. Me acerco al salto. Allí está acampada Martina. Junto a un Renault 12 ranchera, calienta en el fuego el agüita para el mate, que me ofrece, y su carpa. La cara arrugada y quemada, imposible saber su edad.

Visitamos la media luna para la competición regional de rodeo. Los guasos entran por grupos a caballo y corren a atajar la vaca y pararla contra la pared. Según lo hacen, se llevan puntos positivos, cero o puntos negativos. Cuando se hace en la cadera son cuatro puntos, la máxima puntuación. Las vacas entran por un callejón hasta el apiñadero donde les abren las puertas, una a cada lado, y los dos guasos las arrinconan contra la pared. La quincha es un acolchado en un saliente de la valla, y también están la grada y la caseta del jurado.

Al lado está el cementerio, que es una maqueta abandonada de un pueblito donde una diminuta iglesia y las casitas que la rodean son los panteones. Resquebrajados, mohosos, descascarillados, podridos.

Por fin llega el microbús para Chile Chico. Hay poco local y entramos muchos turistas. El corte deja en tierra a las dos chicas de Bilbao y su compañero, que entran en otro bus. Aquí está de nuevo Masato y los pijillos de Australia y Nueva Zelanda. Y los japos Lena, Koki y Ryo tocando la guitarra sentado en la acera. Y la austriaca Franziska, que lleva un año viajando. Lena y Ryo van hacia el Norte.

Aunque las piernas no caben entre los asientos, el viaje es flipante, rodeando por el sur el Lago General Carrera. El conductor se enrolla y nos hace una paradita en un lugar donde vemos todo el Campo de Hielo Norte blanco y azul con sus picos y glaciares al otro lado del lago. Casi todos oyen música en sus móviles. Franziska lee. Koki se quedó frito hecho un guiñapo y ahora luce sus pelos electrificados.

En Chile Chico, no hay vehículos para seguir. Un buen hombre nos quiere llevar a todos y las mochilas, y a su hijo, por 5000 pesos chilenos; pero su coche es muy pequeño y no cabemos. Los japos se van a dedo, dice Masato. Nos deja en la línea que separa los dos países. Es buena hora, paseamos otros tres kilómetros hasta la aduana argentina, y después, otro kilómetro hasta Los Antiguos. Allí vemos a los japos, que llegaron a dedo, y nos saludamos otra vez.

Una vez arreglados los asuntos, un bus para Chaltén que sale a la una de la madrugada, vamos a un restaurante bueno para celebrarlo. Los japos se ponen hasta arriba de carne con una tremenda parrillada doble, ante el asombro de Franzisca, que es vegetariana y se está comiendo una guarnición de calabaza. Beni y yo compartimos entraña y un risoto de cordero. Todo está muy rico. Pedimos cabernet savignon y echamos una risas. Lo inmortalizo en un dibujo, rápido para no perder bocado.

El bus  a Calafate va casi vacío. cada pasajero ocupa dos asientos semicama. Después de las últimas luces de este pequeño pueblo, nos internamos en el oscuro sueño.

domingo, 22 de febrero de 2015

tranquilos en puerto tranquilo


Llueve toda la noche y sigue por la mañana. El contacto para la ruta a Bahía Expoladores nos llama a la casa por teléfono. No puede hacerse el viaje en estas condiciones, está cerrado, me dice refiriéndose a las nubes, no verán nada. Penita pena. Hubiera sido un homenaje a Juani y Sergio, que nos ayudaron en la preparación del viaje y a quien tanto les gustó.

Paseamos por la playa, compramos en el súper, nos conectamos a Internet en la cafetería Los Pinos, un sitio muy agradable, junto a la estufa de leña y luego comemos la colación, caldillo de mariscos, rico, y osobuco, con unas patatas con piel muy ricas. La carne cocida en vino, de poca calidad.

Rebajamos con un paseo rodeando el lago para ver otras perspectivas. Se arregló el día y el sol aprieta. Mientras Beni se echa a la siesta, me bebo una cerveza artesana rubia llamada Caiquen, de Villa Cerro Castillo, en el bar Ruca Manque. Me entretengo dibujándolo y a dos parientes que resultan ser Yerty y Jose, de Olmué, Valparaíso. Él es fotógrafo y hace fotos del dibujo y luego de ellos conmigo. El dueño también se muestra interesado y me pide una foto del dibujo.
- Te la cambio por otra cerveza.

Accede. Me bebo la negra de la misma marca, pero la chapa es la misma y lisa. De golpe me sacan un perolo con un montón de chapas (¡oh, ese sonido!) que resultan no ser tantas, pues están muy repetidas. ¡Qué buen rollo!

Vuelvo a casa tan contento. Beni me espera para dar una vuelta. Como quiera que la cosa se ha puesto fría, nos tomamos un café con leche con tarta de membrillo delante de una estufa de leña. Esperando días más productivos en Argentina.

sábado, 21 de febrero de 2015

el lago general carrera y sus cuevas de mármol


Soltando lastre: dos pinceles, tres rotuladores, un frasco de tinta china, una brújula averiada, dos tornillos de cámara de fotos, unas mallas, dos camisetas, unos gallumbos, unos calcetines, una sudadera de forro polar, un plumas, unos cuantos kilos. En realidad no notamos la pérdida, vamos más ligeros.

La carretera Austral muestra su mejor cara en este tramo del camino. Primero en campos amarillentos con rodillos de heno empaquetado. Paisajes abiertos que me dejan dibujar los picachos del fondo. Seguimos los cursos de los ríos. Impresionante la parada frente a Cerro Castillo, una mole de 2.700 metros que acaba en un grupo de agujas de basalto gris fuerte azulado y que rodean, en la parte meridional, tres glaciares antárticos. Nos vamos demorando, pues auxiliamos un colectivo que pochó y llevamos al conductor con mono y rueda. Seguimos el río Ibáñez que forma una explanada verde preciosa, donde serpentea el río. Huele a azufre, quizás por la erupción volcánica del Hudson, y se hacen bromas sobre el posible origen humano. Troncos muertos. Seguimos el Murta hasta Bahía Murta, y después el Lago General Carrera, el más grande de Sudamérica después del Maracaibo. Impresionante, precioso.

Buscando cómo salir a Chile Chico, entramos en la misma historia: hasta el domingo no hay bus y tenemos que quedarnos dos días. Además, el bus es subvencionado, por lo que tienen preferencia los locales. Nos ponen en la lista de turistas. Somos segunda y tercero, posiblemente podamos salir pasado mañana a las dos de la tarde. Nos apuntamos con un japo al bote que va a las cuevas de mármol.

Masato es un chicarrón nipón de metro noventa que juega al rugby. Los ojos rasgados, pómulos salientes, cejas finas sobre un montante. Labios gruesos. Se ha afeitado el pelo dejándose una parcelita arriba, de la que sale una coleta pequeña que vuelve a sí misma en círculo. A pesar de su ceño fruncido. es el menda más simpático del mundo. Habla perfectamente español, que aprendió en Guatemala, y lleva tres años viajando, descontando las vueltas a su país. Viaja con mochila y carpa (así llaman aquí a la tienda de campaña). Habla maravillas de Irán, muy seguro, gente bonita. Viaja en buses. Conoce gran parte de Sudamérica y Asia, también España. Come en los quioscos de la calle, por eso le gustan tanto los países asiáticos y México y dice que aquí la comida es aburrida, siempre lo mismo, dice, empanadas. Le propongo que coma las colaciones, que también tienen buen precio: poroto, curanto, caldillo de congrio, cochayullo en salsa, carbonara.

Atravesamos el lago hacia el norte. Hermoso paisaje de fondo, pero no podemos disfrutar de la tranquilidad por el ruido del motor (es más tranquilo el bosque, donde solo oímos los gorgoritos de los pájaros y somos incapaces de percibir todo el infrasonido de la putrefacción, todo ese movimiento de animales diminutos en los troncos caídos, debajo de la alfombra de hojas muertas). Después entramos en las cuevas que el agua ha comido al mármol, un mármol blando de unos 320 millones de años, construyendo columnas caprichosas. Para el turismo, les han llamado capillas, iglesias y catedrales, según su tamaño. Las dibujo desde el bote mientras Masato se puso loco con su enorme cámara. Beni está disfrutando, de las cuevas, del lago, del paisaje, del día. Entiende el paso por la Carretera Austral.

Comemos cenamos carbonara, que es un guiso de papas, arroz, cebolla, pollo deshilado, cilantro y zapallo, y un sandwich de pan redondo de carne rica con palta, que es como llaman al aguacate. Beni no aguanta tanto cilantro y se come el sandwich. A mí el guiso me sienta de maravilla. Me comería una repetición, aquí no se pone mucha cantidad, pero te la cobran.

El hospedaje está un poco duro. Finalmente nos cruzamos con una señora que nos mete en su casa. Una casa ilegal, pero bien preparada. Damos una vuelta, intentamos cerrar una excursión para mañana a la Bahía Exploradores, un transporte al mirador. Todo está complicado. El hijo de la Doña de la casa nos llama a alguien, quedamos para mañana.

Paseamos por la costanera del lago. Acabamos en la cervecería Río Tranquilo, donde nos ofrecen café con leche y una pinta de cerveza artesana Arica roja. El local está bien. Me entretengo dibujándolo, se está a gusto. Cuando volvemos a casa, se pone a llover. Llegaron un montón de jovencillas a la casa huyendo de la lluvia, se distribuyen por la casa como pueden, hay colchones por el suelo. Esos ojos de Tío Gilito de la doña resplandecen. Contra lo esperado, no hay guitarras, ni juerga. Nos quedamos fritos.

viernes, 20 de febrero de 2015

la peluquera de coyhaique



Nos levantamos de noche para pillar el bus de Coyhaique. Algunos campistas ya esperan sobre el césped porque no llevan boletos y lo van a intentar. Aquí el turismo es fundamentalmente de mochileros chilenos que montan la tienda en cualquier campo. A veces vienen a un hospedaje barato y nos cuentan. Quieren ducharse. Es demasiado temprano para los perros y nos acompaña un gato.

Despertamos en una parada. Una mujer mayor y con pañuelo a la cabeza iluminó el bus con una linterna. Nos volvemos a dormir hasta Puyuguapi, en pleno Parque Nacional Queulat. Cuando las luces definen las siluetas de las altas montañas, descubrimos un gran lago blanco, de plata, a sus pies. En realidad es agua salada, una entrada del Pacífico, el Canal Puyuhuapi, que separa del continente la Isla Magdalena, toda ella parque nacional. Lo vemos durante mucho tiempo, hasta que los colores se definen por fin y tienen una tristeza especial. Sobre él, salta el agua que viene de las montañas y se lanza por los cortados.

Nos separamos del agua, adentrándonos en el bosque como un barco abriéndose paso entre los cipreses y abetos, en la espesura salvaje. Seguimos el curso de los ríos para salvar las montañas: Cisnes, Simpson, Correoso, Arroyo Corto. A veces rodeados de praderas con granjas y a veces pasando por angostos desfiladeros y quebradas. Paramos en Mañiguales, al borde de la Reserva. Aprovecho para dibujar a los viajeros, Después todo se vuelve amarillo, estériles montañas de pizarra. El niño de al lado está deseando llegar. Se le ilumina la cara cuando, desde arriba, se ve la ciudad, chiquita, allí al fondo. Esto parece un gallinero. Las santiagueras de al lado no paran de chaspar. No se cansan.

Bajamos hasta la hondonada del viejo conocido río Simpson que seguimos desde que entramos a Chile.
La Terminal de autobuses es pequeña, compramos los últimos boletos de mañana para Puerto Río Tranquilo. Pillamos un buen alojamiento cerca, en el centro.

Coyhaique es una ciudad con semáforos y grandes comercios. Para ver calles chulas con casitas de madera, hay que retirarse un poco, a la parte del mirador, donde se inició la ciudad. En la plaza hay una feria Mapuche donde venden su artesanía. Hay pancartas pidiendo la libertad de sus presos, banderas, comida, vestimenta. Las mujeres llevan ese tocado con círculos brillantes. Les compro una camiseta que grita newén mapuche, fuerza mapuche.

Vamos al mirador a saludar a río Simpson y su hermoso valle, y luego a la cabañita de Pachamama. De vuelta al centro, paramos en una peluquería para varones. La señora Marien corta el pelo a los caballeros desde muy niña, al poco de alcanzar las cercas para subir a  los frutales. De los juegos de chiquita por las calles se metió de aprendiz de este oficio. Me ofrece el viejo sillón de metal y cuero y me cubre con una telita que se abrocha al cuello. Huele a niñez, a polvos de talco, con los que me embadurna el cuello, a floïd, el genuino, a alcohol y jabón. Sus manos me tocan levemente las orejas y me recorta las cejas; pero no me hace levantarme hasta que me moja el pelo con un vaporizador (sierre los ojitos, recordaba de Perú, y los cerré) y me repeina con raya.

Comemos de maravilla unas picadas a buen precio en Mamma Gaucha, en pasaje Horn, detrás de esos ventanales tan grandes por donde pasa todo el pueblo. La cerveza Tropera, generosa, está rica, con sabor a artesanal. El carpaccio con queso rico y también el ceviche, aunque le falta picante.

Por la tarde damos un paseo por la plaza pentagonal, y patagónica, de la que salen once calles. Al final de una de ellas hay un mástil metálico de 25 metros sin uso, que puso Sebastián Piñera, el mayor empresario de Chile (del cual cuentan miles de historias truculentas). Aquí se hace la fiesta de los campesinos, de los gauchos de este lado de la frontera. Un cantante, un acordeonista y un guitarrero amenizan la velada. Parejas de jóvenes emboinados con chalecos y anchos bombachos bailan con chicas de vestidos lisos largos en capa. Os parecerá una costumbre argentina, pero aquí se considera como nuestra, es nuestra tradición, Mañana veréis los mejores acordeonistas y guitarreros de Aysén en contrapuntos, donde uno contesta a otro y el otro al uno. Es divertido.

Pero no podrá ser. Los viajeros siguen su rumbo hacia el Sur.