lunes, 26 de septiembre de 2016

domingo, 25 de septiembre de 2016

últimas horas en oslo


La ventana de la habitación es una pantalla de cine con maravillosas vistas desde la planta 14. Hace un día soleado precioso. La niebla ha desaparecido y solo quedan unos cuantos corderos esparcidos por el cielo. La gente toma el sol pensando en nada, una actividad de la que gustan los nórdicos, según decía María, la guía, sentados en los bancos, apoyados en las barandillas.

Desayunamos arenques marinados, salmón ahumado y cerdo con champiñones. De postre, yogur líquido con frutas. Las fresas están deliciosas.

En la Galería Nacional quedo impresionado por los pintores decimonónicos noruegos, como Johan Christian Dalh con su dramatismo romántico hiperrealista. Tormentas, naufragios, nocturnos que rayan lo onírico y un gran amor a la naturaleza. También vemos dos cuadros de Sevilla de pintores locales, El Greco, Ribera, Goya, Monet, Degas, Cezanne, De la Croix, Renoir, Rodin. Y, claro, Munch.

También hemos visitado las fortalezas del puerto, el Museo de la Resistencia. El puerto es un lugar tranquilo lleno de árboles. Los pescadores venden lo pescado en sus barcas, peces y mariscos. Compramos gambas y nos las comemos sentados mirando al agua. Las gaviotas cogen al vuelo las cabezas.

Volvemos a parar en Copenhage, en su aeropuerto inmenso. Empiezo a pensar en mi parálisis facial, aún sin agobiarme. Aparecen los primeros españoles. Beni se da cuenta de que en el avión hay un salto de la fila 12 a la 14. Supongo que habrá mucho cliente supersticioso.

sábado, 24 de septiembre de 2016

narvik-oslo






El autobús salió a las cinco y media. Empieza a amanecer. Beni está cansada. El paisaje es hermoso. Rodeados de grandes montañas nevadas, recorremos el fiordo de Narvik, de donde nacen. Todo el mundo tiene su casita de madera y su muelle al fiordo, entre abedules de colores. Llegamos antes de las siete. No entiendo esta putada si el avión sale después de las doce. Trato de cambiar el avión a Oslo. El avión vuela bajo, vemos lagos y montañas, bosques, y también nubes. Desayunamos otra vez.

Oslo está lleno de hinchas que beben grandes jarras de cerveza en Karl Johans Gate, la calle principal. Cantan aquello de campeones. Parece que aquí existe la figura del gamberro. Nosotros descansamos en una terraza dominando el Palacio Real, donde unos soldaditos hacen malabares con los fuscos. Nos vuelven a sablear con la cerveza, pero qué poca importancia tiene hoy que Noruega ha ganado. Paseamos por las calles y el puerto y acabamos cenando albóndigas en un local chulo. Bjork, la cantante de Sugar Cubes, canta con unas lágrimas pegadas bajo los ojos mientras un oso de peluche ataca al cazador del bosque.

Hoy  vamos  más  despacio.

jueves, 22 de septiembre de 2016

abisko y narvik


Por la mañana montamos en un extraño tren de los cincuenta completamente nuevo. La fila de de asientos de la izquierda mira hacia la locomotora, la de la derecha hacia la cola. Los cabeceros son de esponja forrada y pueden regularse su altura. Los asientos tienen tapicerías de rayas verticales rojas, naranjas y amarillas, de lo más pop. Detrás hay mesas abatibles en las que se puede escribir y una red para poner las cosas. El uniforme de la revisora está basado en los trajes lapones. La gente es el colmo de la educación. Mantienen las cosas antiguas como nuevas (¿no hay gamberros?). Colocan sus abrigos en un armario que hay junto a las puertas.

Paramos en la estación de Abisko. En ella no trabaja nadie, pero la gente apaga y enciende la calefacción y la mantiene limpia. Otro detalle de su excelente educación es la ausencia de rejas en puertas y ventanas. Esperamos que alguien aparezca, pero todo el mundo se va y nos dejan solos con un grupo de boys scouts ya creciditos. Vamos al albergue a coger información y dejar las maletas, y visitamos el cañón al lago Torneträsk y luego seguimos el curso del río para no perdernos visitando el Parque Nacional de Abisko. El río va encajado en la roca haciendo curvas que son en realidad ángulos de 90º. Todo está plagado de abedules de colores. Hemos adelantado el Otoño.

De vuelta en el tren hacia Narvik, nos cruzamos con muchos trenes cargados de mineral. Beni se dedica a contar vagones, alucinada...49... A veces tenemos que parar porque solo hay una vía. Al llegar a la estación tampoco nos espera nadie. Me parece que le están echando morro. Afortunadamente Beni recuerda el nombre del hotel, Grand Royal, y allí aparecemos colgados sin el maldito bono y con 40 coronas noruegas menos que se ha tragado el taxi, a casi 19 pelas la corona. Con una llamada se soluciona. Tenemos la habitación pagada y una cena gratis.

Damos una vuelta por Narvik, una bonita ciudad a orillas del inmenso Ofotfjorden, que aquí forma una ensenada donde está el puerto, que es como el escenario de un anfiteatro donde los espectadores son casitas de madera de colores entre árboles. Las luces brillan en el agua. Una mujer desnuda de bronce se baña en una fuente de la plaza.

En el hotel, cenamos salmón. Me roban 800 pelas por dos cervezas. La habitación es una suite con alcoba y salita. La cama es gigante y cómoda. Su ropa es tipo nórdica, sobre el colchón hay dos sábanas como sobres con un edredón dentro, tanto las sábanas de abajo como las de arriba. Nos acostamos pronto, pues el bus al aeropuerto sale a las cinco de la mañana. Nos dicen que mañana nos darán el desayuno en un pequeño paquete y que el bus hay que pagarlo.

Iglesia de kiruna



Kiruna Kyrka fue construida en 1912, de estilo Art Nouveau y basado en un tipi sami. Los encargados de su construcción fueron Gustaf Wickman, el diseñador, el ingeniero Bengt Lundgren y Hjalmar Lundbohm, fundador de la ciudad, todos ellos pertenecientes a la LKAB (Compañía Minera Luossavaara-Kiirunavaara), origen y motor de la localidad de Kiruna. El exterior y el interior son de madera. Fuera, llama la atención su color rojo entre el bosque nevado. Su luz es natural, le viene de unos grandes ventanales. El retablo es un gran cuadro pintado por el hijo del rey de suecia Oskar II. A pesar de tener una capacidad de 800 personas, la sensación que produce su interior es de recogimiento. Su nombre es algo así como la Iglesia de Nuestra Señora Durmiente, de culto evangélico-luterano, ya que ellos piensan que la madre de Jesús en vez de morir, cayó en un profundo sueño.

Según el proyecto Kiruna 4-ever, esta iglesia, como el resto de la población, tendrá que desplazarse de lugar, ya que la empresa minera necesita perforar más profundamente para la extracción de mineral de hierro.

ViajerosBlog

Kiruna, en el Círculo Polar Ártico sueco, es famosa por su mina de hierro, su hotel de hielo y sus auroras boreales.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

a kiruna






Nos despertamos a las seis, vuelve a hacer un día estupendo. Desayunamos copiosamente arenques con mostaza, quesos, beicon con patatas y huevos y fruta. Un marroquí nos lleva en un taxi sin poner el contador. Hace una parada para tomarse una hamburguesa. Nos dice que es la hora de su desayuno. El aeropuerto está a 45 kilómetros. El campo está lleno de abetos y arces amarillos, verdes y rojos. Los castaños de indias enrojecen. Los álamos negros circulares parecen inmensas columnas de hojas. Le digo que ponga el taximeter, pero es un jeta. Dice que el viaje al aeropuerto son 500 coronas, pero que me lo deja en 350, pero se lo dejo en 320, una pasada, unas 5400 pesetas, un robo. Y tengo que estar agradecido. El avión es pequeño, de seis filas a lo ancho. La compañía es Falcon. El halcón es el animal que simboliza a Kiruna.

Estos días estaba notando algo raro en mi boca, movía los dientes de una forma extraña al comer, de forma asimétrica. Tampoco puedo escupir frontalmente. Beni me lo nota. Es una especie de parálisis facial. Al abrir la boca tampoco lo hago de forma simétrica, no sé si por la muela o este fuerte dolor de oídos que me provoca el cambio de presión. Mi firme decisión es pasar del asunto hasta mi vuelta a Bolaños. Estamos totalmente de vacaciones.

La superficie que volamos es un inmenso bosque verde con infinidad de lagos donde unas casitas a las orillas brillan. Los lagos forman líneas discontinuas paralelas y a la vez paralelas a los ríos, supongo que siguiendo la dirección de las cordilleras. Al pasar las montañas, perdemos altura y llegamos a una zona extraña, plana.

Kiruna es la mayor y más densa población (26.000 habitantes para una extensión como media Suiza) de Laponia, cuyos habitantes son esencialmente nómadas, pastores de renos. Esta población se creó por el auge de la minería del hierro. Su mina es la más grande del mundo bajo tierra. Tiene una línea férrea hasta el puerto de Narvik, Noruega, que se construyó para el transporte del mineral. No hubo otra forma de llegar hasta que en 1984 se construyó la carretera. Al sur, está el lago Louisajärvi; y a orillas del río Vittangi hay una estación de investigación espacial, que recuerdan con un cartel de bienvenida en el aeropuerto.

Nos reciben miles de árboles alrededor de un aeropuerto pequeño y una guía guapetona y melosa que solo habla inglés. Ha traído su coche. Somos demasiado impulsivos para ella metiendo las maletas. Hay que esperar a que el hidráulico abra el portón sin la intervención humana. No me extraña que todo les dure tanto. Nos lleva al hotel entre casitas de madera rojas y amarillas con los tejados negros y los marcos y barandillas blancos. Hierba verde y abedules que amarillean. El hotel es precioso. Como volver a los cincuenta, con muebles antiguos en muy buen estado. Aquí está el único bar del pueblo.

La guía, Mónica, llama a su amiga María, para hablar en español en la excursión de esta noche. Ella estuvo seis meses estudiando español en la Complutense. Nos dice que le encantó Toledo y también Segovia. El bar es tipo americano y la gente usa vaqueros y ropa americana. Me cobran 900 pesetas por un coñac y una cerveza sin alcohol.

Damos una vuelta por el pueblo. La iglesia, Kiruna kyrka, completamente de madera roja y forma de tipi sami, es impresionante. También visitamos el Museo Samegarden, un museo etnológico sobre los lapones en un edificio moderno con elementos naturales como la madera o los cuernos de reno en los tiradores. Allí vemos el típico tipi lapón, donde los palos se colocan sobre una estructura que posibilita un gran hueco arriba, para la salida de humos y de la gente (podemos imaginarlo cubierto de nieve). En el suelo ponen leña para aislarse del barro del deshielo. La despensa aparte y elevada, con acceso por una escalera labrada en un tronco, como la de los indios iroqueses.

 Nos llevan a un lago cercano donde ver la aurora boreal; pero solo vemos el paisaje. Es decepcionante, no hay aurora. Es un viejo sueño, ver esas cortinas verdes colgadas del cielo, que quizás jamás se cumpla. Aquí el pasado es reciente, María nos enseña los pioneros: la casa de su abuelo, de 1902, una casa preciosa de troncos de madera, una de las primeras de Laponia. Es una época extraña para el turismo. La Casa de la Cultura es un local donde se juntan los jóvenes.

Al final del día nos dan los billetes hasta Abisko Tourist, entrada al Parque Nacional de Abisko, en la frontera con Noruega. Nos dice que allí nos espera un guía. Luego, nos lleva al hotel.

martes, 20 de septiembre de 2016