sábado, 20 de septiembre de 2014

la playa del peñón blanco


En el desayuno nos despedimos de Ramón y Pepe Luí, que va con su máscara azul. Nos cuenta que su hija ha abierto una hamburguesería en la plaza, siempre con su sonrisa. Se despide hasta el año que viene, le prometo que vendremos antes.

Vamos a la Isleta del Moro como buen sitio del que despedirnos. Las rocas son verdosas a excepción de la protuberancia del centro de la playa. Traigo un pincel grueso y astillado y ésto es lo que sale. Beni toma el sol. Hay unos niños rubios con su madre y un chaval haciendo yoga.

Cruzamos el desierto y la vega de Guadalix. La máquina nos lleva por una carretera de doble sentido hasta Jaén y luego nos impide llegar a Mestanza por Andújar. En Santa Cruz la apagamos y usamos lo que nos queda de memoria.

viernes, 19 de septiembre de 2014

cala cuervo, los belgas y los escullos


Hoy caminamos por el sendero de la Molata hasta Cala Cuervo, donde está el camping de Las Negras, desde El Playazo. Las faldas de la Molata fueron una bahía antes de la era de los volcanes y pueden verse curiosas formas de sedimentos blanquecinos de arrecifes de coral y calizas oolíticas. Aquí se han encontrado multitud de fósiles de animales marinos. Pero lo realmente flipante es que esta pequeña ruta sigue su curso por las crestas de los acantilados amarillentos, con unas vistas preciosas a estos abruptos salientes de rocas en capas horizontales como milhojas. Desde arriba puede verse el castillo de San Ramón y, al fondo, todo El Playazo.

Cala cuervo tiene una playa de fina arena pero el fondo del agua es de gruesos cantos, por lo que hay que bañarse con sandalias. Hay poca gente y se está muy bien. Al fondo se ve Las Negras y a su derecha el Cerro Negro lleno de heridas, y más a la derecha, el castillo de San Pedro. A la hora de comer, entramos por la pequeña puerta que va al chiringuito del camping y que, además, tiene una ducha pública para quitarte la sal y la arena. El sitio es majo con el cortado de rocas a la derecha y palmitos sueltos aquí y allá. Comemos calamares y dibujo la terraza muy centrado en François y Julia, dos belgas que viven en Finestrat. Hacen foto del dibujo y ella me regala un CD de la música que hace con unos cuencos y que ayuda a la meditación. Nos invitan a su pueblo, a Bélgica solo van a cumplir con la familia, y nosotros los invitamos a nuestra casa. Intercambiamos direcciones y teléfonos. Ahora dicen ir a las salinas del Cabo de Gata, pues son grandes amantes de la Naturaleza.

A la vuelta nos bañamos en la cala del Playazo que es una de nuestras favoritas por su arena fina blanca en la playa y en el fondo, por el agua tranquila y sus muchos peces. Suele ser nudista, aunque hay de todo, y está muy bien resguardada del viento.

En Rodalquilar, Lola tiene cerrado hasta la hora de la cena. Nos tomamos unas jarritas de cerveza en el robelio motorista barbudo del Crisol, que nos pone unas míseras aceitunas amargas y nos clava. La hora se va haciendo interesante y nos damos una vuelta por los Escullos hasta la playita del Chaman, a la que luego accedemos por la terraza de la disco del Pecas, que a esta hora está matada.

Volvemos por el valle aprovechando la hora mágica, las montañas rojizas se oscurecen y se pierden en la lejanía. Jorge tiene cerrado, no podremos saludarlo. Nos duchamos. La rusa de Ramón saca un cenicero escondido y se fuma un truja clandestino mientras el sol se pone y yo me como un yogur. Echamos unas monedas al guiri que canta y toca en el paseo. Ahora hace una versión curiosa de una canción de U2. Se ha afeitado. Tomamos café en el Kalimba de Luna, el local más punkli de San José. Los negritos que venden bolsos han terminado el negocio y se toman un café. Hacen cuentas con otra tendera ambulante. Son jóvenes senegaleses guapos y fuertes que, poco a poco, se darán cuenta de que nunca serán Samuel Eto'o.


jueves, 18 de septiembre de 2014

la media luna y la mandrágora



Vemos a Pepe Luí con su eterna sonrisa en la terraza de El Emigrante, muy delgado. A pesar de tener hundida la cara, ahí están sus ojos sonrientes. Me dice que la operación fue bien y que se encuentra en buen estado. Desayunamos, su hermano Ramón invita.

Cogemos el camino de Los Genoveses hasta Mónsul. Quitaron el aparcamiento y lo han puesto más arriba. Y caminos vallados con palos para ir a las playas. Vamos a la Media Luna, que está casi vacía, al costado sur, para resguardarnos del viento. Me meto entre las rocas dando un paseo y hago algunos dibujos sentado sobre las piedras.

A la vuelta han llegado unas cuantas parejas y toman el sol desnudos. Mi favorita es la de un barbudo y una embarazada morenaza con un perro negro que toman la sombra de la sombrilla todos apretujados. Me gustaría que Tranqui disfrutara de todo esto.

Casi a las tres llegamos a San José. Ramón no se hizo con el sargo y de menú ha hecho fabada (!),. Nos vamos al Brigantino que tiene un menú más marinero: carpaccio de sepia, risotto de mariscos y sorbete de sandía.

Mientras Beni descansa, paseo por la parte más vieja de San José. Los viejos bares están cerrados. Desde el trozo sin urbanizar de la costa, donde está el estanco, hago un dibujo de la bahía. Luego bajo a la terraza del Madrágora a tomar una cerveza. Una chica tomada se enrolla con lo flipante que es dibujar y esas cosas mientras un brasa habla de su pelo largo Ibiza una chica vidente jamás he ido a una peluquería. El camarero hace una foto de mi dibujo. Hacemos una ronda de cañas por esos bares que no dan a la costa y nos perdemos entre tanto edificio nuevo. El Duende está chapado. Tomamos el café en el Andrea, donde unos jubilados madrileños hablan de la Seguridad Social, hospitales y operaciones. Vaya día de tópicos.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

una nueva cala y otra vez lola y el duende


Como ha amanecido nublado, nos vamos de paseo hasta Cala Bergamín, al sur del Playazo. Visitamos la cueva de la Rambla del Playazo, junto a Las Norias, y luego subimos el collado del Bergantín, bajamos a la rambla y la seguimos hasta el mar, hasta la cala de piedras negruzcas. Pasando una pared de conglomerado del tipo de las de Mónsul, hay otra cala con las piedras negras redondeadas y otras más grandes rosadas y blancas. Se pone a llover y nos refugiamos en la ola petrificada. La subida de este lado es más fácil y enseguida estamos en el Playazo, donde una chupa rápida y fuerte nos pone como una sopa. Todo coge colores densos y rebonitos.

Pasamos por el castillo de Rodalquilar y luego a este pueblo, donde pillamos una mesa de la terraza de EL Cinto. Lola aún sigue con su monólogo, me pide un dibujo en que esté más joven y delgada, pero es como cola de lagartija. Con paciencia llega el pez rey. La piel de la cabeza está excelente. Sigue lloviendo, pero nos da igual. Nos tomamos unos cafés.

Por la tarde decidimos bañarnos en San José, por si llueve y hay que salir corriendo. Ahora en verano existe una franja de playa que no existe en invierno porque la marea está más baja, donde aparece el final de las escaleras. La recorro y dibujo antes de que las casas la ensombrezcan. La tinta china necesita de luces y sombras duras. La temperatura es excelente, se podría vivir en la calle. Tal es así, que solo apetece estar fuera y no volver jamás al hotel.

Por la noche saludo a los del Duende, que me cuentan que les va fenomenal. El mobiliario es más formal. Nosotros empezamos hace cuatro años, con tus dibujos, me dice. Me bebo un mojito arrastrado por Chet Baker. No tiene unas gafas para mi y tengo que dibujar a ciegas, sin apenas luz. La gente que vimos durante el día se reúne aquí para acabarlo, como en la escena final de O lucky man!.

martes, 16 de septiembre de 2014

reencuentro con la luz







Intentando salir de Sevilla, el ordenador de a bordo se subleva y solo nos da instrucciones que conducen al colapso de la nave, al trágico accidente; pero yo, que vi hace tiempo 2001 la odisea del espacio, logro desconectarlo sin compasión, y seguimos las indicaciones a Granada.

Cruzamos el rio Genil entre álamos. Guadalix es un punto de inflexión: aparecen las montañas terrosas, primero rojizas, bajo las que han cavado cuevas para vivir, y luego cenicientas y de yeso. El firme de la carretera está muy estropeado y lo arreglan bajando el límite de velocidad. Calor. Tabernas. Minijólibu. Miles de dificios de plástico blanco, unos pegados a otros dejando solo libres las carreteras. Llegamos a comer al Emigrante. Ramón nos clava. Menos mal que nos da buenas noticias de Pepe Luí, al que operaron, hicieron el trasplante con éxito y anda por ahí dando la lata (aunque ya no tanta).

La habitación usa dos balcones hacia el mar, uno en el dormitorio y otro en una pequeña salita. Después de una siesta nos vamos al Playazo, a la calita que hay bajo el castillo de San Ramón, que es más divertida de dibujar y la gente se empelota para tomar el sol. Ya no queda casi nada de aquel espíritu hippie que tuvo este sitio en décadas anteriores, la estética de los bares ya ni lo quiere ni aparentar.

Así, lo que más llama la atención es que los bares van adueñándose de las aceras públicas y los edificios van ganando altura. El Cinto de Rodalquilar pilló su acera, todos los locales de la plaza de San José se comieron unos metros, aparecieron nuevos restaurantes en los altos de los edificios del puerto, crecieron casas sobre las rocas... el insolente camarero de La Ola me dice que les ha costado mucho poner esa terraza nueva sobre el acantilado, cohechos y eso, dice medio en broma. Cuando él nació yo ya me comía sus calamares y sus taberneros.

Nos olvidamos de todo con este sol que acaricia, con esta luz. Disfrutamos otra vez de este lugar marciano casi desértico. Del balanceo de las barcas amarradas en la Isleta, con un fondo de escullos, el castillo de San Felipe y, detrás, los frailes picudos. El agua se pone morada y densa y una brisa nos refresca.

Nos tomamos algo frente a la playa de San José, con una temperatura inmejorable. Un guiri barbudo vino mal informado y toca su guitarra y canta Redemption song de Bob Marley al estilo de You, como lo llamaba Pepe Luí en aquellos tiempos de tripis en la playa. ¿No me ayudaréis a cantar canciones de libertad?

lunes, 15 de septiembre de 2014

último día en sevilla



A las nueve Angelines ya nos está preparando el desayuno. Nos habla de la huerta, de aquel agua tan fría de la alberca y aquellas dos francesas que vinieron con la prima Elo que revolucionaron el pueblo.

Vemos los hermosos patios de la Casa de Pilatos, con palmeras washingtonias, naranjos, buganvillas y jazmín. San Esteban, Nuestra Señora de Loreto entre santos y ángeles de madera dorada y azulejos en los frisos, y las clarisas tras las rejas. La zona de la Plaza de la Alfalfa, donde se vendían mascotas. La Plaza de Jesús de la Pasión tras El Divino Salvador con su coqueto patio arcado con los capiteles casi a ras del suelo. El palacio de la condesa de Lebrija, hecho de rapiña.

Las chicas ven la ciudad antigua y las vistas sobre Las Setas. Vamos en MetroCentro a San Bernardo con la Glorieta del Cid y las nuevas facultades. Bajo la sombra de las jacarandas de la Avenida Ramón y Cajal. En la Avenida de San Francisco Javier 15, la cervecería Martín Blanco saca un arroz con setas a estas horas que merece la pena. Esperamos con unas ricas albóndigas de pescado. Finalmente el esperado con boletus, tanas (se encuentran bajo los castaños, se parece a la amanita pero sin manchas) y gurumelos. De tapa te ponen un plato con el que ya comes, riquísimo. Son diligentes y baratos.

Por la tarde visitamos lo que fuera la zona ocupada por la Expo del 29: el Parque de María Luisa, la Plaza de España y el resto de pabellones. La plaza de España se ha restaurado y las barcas están otra vez en funcionamiento en el canal semicircular. La escena que representa cada provincia suele ser relativa a la Reconquista o la resistencia a Napoleón. Mucha caspa y una especie de amor (arquitectónico) odio por lo árabe. Chulos el Pabellón Mudéjar, el Real, el Museo Arqueológico, el Instituto Murillo, el Costurero de la Reina, el Teatro Lope de Vega y el Casino. Y estamos otra vez en la Glorieta del Cid.

Para cenar, encontramos cerrado el muy recomendado Pan Rallao, en Divino Redentor 5, y optamos por la terraza de La Espumosa, junto al Sánchez Pizjuán y sus impresionantes filetes de Rosada empanados con alioli. Dos estudiantes americanos tratan de levantarse de su mesa llena de vasos vacíos de cerveza. Mientras levantan sus manos con el bye bye, sus piernas enclenques no podrán sujetarlos.