jueves, 17 de abril de 2014

maleducados

Las escuelas hacen
la historia de una brillante
cosa como brillantes
anuncios de coches
que pasan por alto
la contaminación y
los destrozados
restos de naufragios y
los muertos apilados
boca arriba en la
orilla de la carretera,
una historia carente
de la pestilencia
y que arrancó carne
y los gritos
de los torturados,
una historia dio la vuelta,
en el lugar , en
otro
Hollywood
blockbuster
observaba con
cubos de palomitas
en los cines del centro comercial
de costa a costa,
la historia como paliativos,
entonces, como patriótico
de la música, como cobertura
de los oscuros
hechos
de asesinos,
una historia de sangre
de robo, una mentira
la historia con orgullo
cantar el
himno nacional
antes de cada
asamblea de la escuela
con el joven
en posición de firmes,
obediente, esperando
su turno.

miércoles, 16 de abril de 2014

playas de nasugbu y vuelta a manila





El sol ilumina el porche, los cuadraditos de nácar, los pájaros marrones con el cuello blanco, nuestra amiga la camarera barriendo con una escoba de leña. Nos montamos en un bote que nos lleva a la costa de enfrente. En la playa venden langostas y atún. También collares y tabaco. En una barca viene la mujer de dulzura infinita con su niña, su marido trae pescado. Una blanquita se baña en bikini. Me acoplo en el sofá de un quiosco viendo como Beni se baña frente un ice tea granizado. Y aquí mismo comemos pasta. Empieza a llover y nos volvemos al hotel. Beni se arregla mientras me doy un chapuzón en la piscina hasta que mis dedos se quedan como tomates pasados.

Un coche del hotel nos lleva hasta la terminal de Nasugbu. Como el bus ya ha arrancado, aparca delante para que no se vaya sin nosotros. Es un bus de cinco asientos la fila, bien aprovechadito. El viaje resulta súper entretenido: las tiendas de bambú y madera con los carteles pintados a mano (especialmente bonitos aquellos educativos y moralizantes de las escuelas o los motores despiezados), los diferentes tipos de depósitos de agua, los carros sin ruedas tirados por búfalos, las muelas felices sonrientes y con bastón, los diferentes diseños de los jeepneys con mogollón de antenas, el paisaje verde lleno de palmeras y, finalmente, el lago Taal.

La entrada a Manila es dura. Mucho tráfico y miles de chabolas levantadas en el mar, de agua muy sucia. Son pueblos de cochambrosas casas de madera unidas por puentes de tablas. A la entrada del metro, la policía nos revisa las mochilas. En el hotel de Malate nos dan otra habitación. Insisto en ir a la calle Remedios a comernos alguno de aquellos bichos de los acuarios. Aquella caracola gigante troceada en salsa y lapo lapo con cangrejo.

Volvemos a la terraza del Big Mama's. Cantan canciones de Simon y Garkunkel. Minerva nos reconoce y nos pone dos ice tea, que pedimos mejore con licor, como hacían en Taal. La plaza está atómica. Paseamos por el malecón oyendo a los grupos en directo y la gente pasear como en los pueblos los domingos. Oímos el ámame tiernamente de Elvis y un joven Paul Anka en versión calypso suena como esos ecos que amenizan los recuerdos, los sueños.






código tezcatlipoca















El Codex Fejérváry-Mayer es un código azteca de México central, uno de los pocos manuscritos precolombinos que sobrevivió a la conquista española. Un código típico calendario (onalamatl), incluyendo un calendario azteca mundo (tonalpohualli), ambos parte de una serie más amplia de códigos integrados en el llamado Grupo Borgia (códigos precolombinos de carácter religioso). Está hecho de pergamino de piel de venado y plegado en acordeón de veintitres páginas entre dos pastas de cubierta. Cada página mide 16,3 x 17,2 centímetros y el largo total es de 3,85 metros.

Se hizo conocido como Codex Fejérváry-Mayer por el coleccionista húngaro Gabriel Fejervaryju y el anticuario de Liverpool Joseph Mayer que le adquirió la pieza y la donó a su ciudad, pero la mayoría de los expertos coinciden en el nombre verdadero era probablemente Código Tezcatlipoca, el nombre de Dios del pueblo náhuatl. Actualmente se conserva en el Museo de Liverpool. Se cree que su origen está en la región poblano tlaxcalteca, en lo que hoy es Veracruz.

martes, 15 de abril de 2014

fotos de jeepneys y taal, en filipinas









jeepneys y una casita de bambú





Me despiertan los gallos. Ya vamos sin repelente, a calzón quitao. Se cuelan los chavales en el hotel a jugar baloncesto y vender perlas falsas muy bien envueltas y que abren delicadamente para ti. A las seis y media ya ha salido el sol y los niños bajan corriendo a la playa como una manada de caballos en chanclas. La habitación se pone dorada y se llena con el canto de diez pájaros y el eco de una gallina. Luego, una escopetilla de plomos acaba con el romanticismo.



Dibujo en la piscina mientras un empleado la limpia. Baja Beni y nos bañamos. Desayunamos en el pueblo y cogemos un jeepney hasta el cruce con la carretera que va a Taal. Una moto negociada nos lleva a la Basílica, con su fantasmal aspecto de abandono. Las plantas crecen en las grietas. Tiene un patio lateral con una jaula de cotorras y otras aves exóticas. Nos bebemos una especie de fanta verde que sabe amarga y una salsa que sabe a humo. El arroz garlic está riquísimo. Beni prueba el lechón con salsa de manzana.

Otro jeepney (¡qué fácil es viajar por aquí!) nos lleva a Nasugbu, a un gran mercado con un fuerte olor al humo del mogollón de triciclos motorizados. Allí preguntamos por el hotel Maya-Maya y nos señalan otro jeepney. Al conductor le parece gracioso que vayamos a un hotel tan caro en jeepney. Cuando se llena, arranca. Mientras, dibujo a los pasajeros. Una señora con su niña tiene los pies llenos de heridas y la cara de infinita dulzura. Transmite tranquilidad, apetece estar con ella. Pone a su hija de frente para que la dibuje. El abuelo de al lado no hace más que asomarse y pincharme con la barba. Nos bajamos con una empleada del hotel.

Nos ofrecen una casita de madera y bambú con los cristales de nácar y el suelo de barro. En el porche hay dos sillones y una cama para echar la siesta. Delante, una piscina redonda, donde me baño mientras Beni descansa. Hay un puerto de donde salen botes a la playas que elijamos, incluído en el precio de la estancia, que son unos 42 euros, pero a ellos les parece una barbaridad y se extrañan de que pague al contado. Nos tomamos un ice tea disfrutando de la brisa y luego cenamos y bebemos en el porche, alargando esta deliciosa noche.

dejadme deslizarme por esta nube


lunes, 14 de abril de 2014

fotos en anilao














de manila a anilao




Cuando llegamos a la Gli Puyat Station ya hay un autobús para Taal, una ciudad colonial española, arrancado. Calculan unas cinco horas para llegar. Entran todo tipo de vendedores pregonando ¡maní, maní, empanada, huevos de pato, mentospino, caramelos de naranja, de menta! gritan. Los huevos se venden en bolsas de ocho que, junto a las bolsas de cortezas, cuelgan en una percha artesana. Oímos un perro dentro de una caja de cartón. Otra bolsita deja ver el maní. Los rótulos de las tiendas están pintados a mano. En Taal cogemos otro para Batangas y nos deja en Bauan, para coger un jeepney para Anilao.

En el jeepney, un chico va indicando las paradas y los arranques al conductor tocando con una moneda en la chapa. Un vendedor de gorros se presenta dándonos la mano. Una moto nos acerca al hotel, que resulta caro porque tiene una playa privada. Hay botes que pueden acercarte a la playa que quieras. Los chavales alquilan grandes recámaras de ruedas de camión de goma negra como flotadores. La chicas se bañan con camiseta. Nos bañamos entre un montón de niños jugando y después nos sentamos en la terraza para ver cómo el sol se pone, enciende los botes y hace brillar el agua. Entonces viene el ice tea con hielo glacé y espuma con unos calamares en tempura. ¿Qué más se puede desear?

Damos un paseo y una moto nos lleva al puerto de Anilao. Pescan con un palo con un sedal. Hay bullicio de niños que encontramos en un quiosco jugándose el dinero en un extraño juego de azar con un tablero con tres colores. Parece un sueño. Una niña con los labios muy pintados se niega a sonreír a los fotógrafos. Lee los números de las bolas que salen de un enorme bombo lleno. Los tableros están pintados en las mesas y enfrente hay unos bancos donde los niños eligen tablero y asiento. Todo es rústico, de madera sin pulir y de colores chillones. Nada parece real. No me atrevo a dibujar, de golpe me vería rodeado.


Anilao es una pequeña ciudad con tiendas de madera. La gente duerme en esa especie de camas con sombra que hacen con caña o junco, en plena calle. En una de las tiendas, una señora con gafas (nos extraña que no sean de madera) y voz muy suave nos saca una botella fría de agua. No regatean, no son comerciantes, no son agresivos, todo va suave.

Nos damos un paseo por la carretera equivocada. Una moto nos ayuda. Un santo se ilumina en la cresta de un monte. Vírgenes en las puertas y también vemos un dibujo de Confucio. Los adventistas luchan contra los católicos. En Ifugao no había santos, son animistas. Hay musulmanes, cristianos y católicos, y los chinos trajeron el Tao, Confucio y Buda.