viernes, 21 de septiembre de 2012

un rastro de tinta en el mapa




Salimos por Horacio, Plaza de Uruguay, Shiller con todas sus embajadas hacia el Sur, el Bosque de Chapultepec. Nos damos una vuelta. Restauran La casa del lago, unos ineptos remeros son incapaces de hacer avanzar la barca. Una banda de reclutas pasan corriendo y gritando. El castillo, la casita de los espejos, las familias dando de comer a las ardillas, los niños héroes de piedra. Salimos por la Avenida de Veracruz, zona de emigrantes españoles que escaparon del terror franquista. Termina en el Parque España, donde una mano abierta agradece a Cárdenas su calurosa acogida. Avenida Michoacán, terrazas bistro, de moda en estos últimos años que dan un toque europeo a la Colonia de la Condesa. Estufas supercatalíticas colgadas. La Avenida Amsterdam fue la pista del antiguo hipódromo La Condesa, venido a menos por la construcción de otro nuevo en el norte. El proyecto era un gran parque, muy empequeñecido por los especuladores y que finalmente, en 1927, se llamó Parque México. En esos años, se construyeron muchos edificios art-decó, con farolas y fuentes del arquitecto Leonardo Noriega. En la esquina norte, el célebre edificio Basurto con su alucinante vestíbulo que parece el interior de una ballena. En la Plaza de la Villa de Madrid, una reproducción a escala, más pequeña, de la fuente de la Cibeles. Aquí caen unos tacos con cecina, nopalitos y guacamole. La comida es excelente, no sólo en los restaurantes, también en los quioscos callejeros.


Recorremos la Colonia Roma. En Luis Cervera descansamos viendo un evento de conmemoración del trágico terremoto del 85 que acabaría con el barrio. Se convirtió en un barrio inseguro y barato, el mejor cebo para la especulación. La burguesía emergente lo compró y lo puso rebonito, a su gusto, lleno de restaurantes puestos y galerías de arte para sus señoras aburridas y cultas. Orizaba, con porches bonitos y el edificio de la Cerrajería Moderna, con dos llaves cruzadas, hasta Insurgentes, la segunda avenida más larga del mundo, con 29 kilómetros. Cogemos un pesero, que es como llaman aquí a los buses pequeños a dos pesos el viaje. Si el conductor no oye la campanilla hay que gritar ¡Bajar!

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