miércoles, 1 de mayo de 2013

pequeñas hormigas en la capital del imperio



Ha llovido esta noche y todo está mojado. Cambiamos de sitio la mesa para desayunar con unas preciosas vistas al canal. Los bajos tienen un bonito jardín con comederos para que los pájaros acudan. Mucho más adelantados en reciclaje, tienen contenedores para vidrio transparente, verde y marrón (¿no sería más fácil que solo se usara un tipo de vidrio?).

Alucinamos en el British Museum, que es una especie de cueva de Alí Babá del Imperio. La perfección de los guerreros asirios y sus figuras aladas protectoras (los ángeles de la guardia cristianos), las momias repretadas en tela de los egipcios, unos monstruos voladores de madera policromada Hentakois, las figuras Karlan de las Islas Nicobar, los hipopótamos y escarabajos egipcios, y un Horus muy cabreado, las figuras tan delicadas del Neolítico chino, las corazas de jade y la, para nosotros desconocida, cultura de los Ordos.

Comemos en la terraza de un salad bar de la placita de Neal's Yard, en Covent Garden, bajo el calor de una estufa parisina y bebiendo cerveza portuguesa, ¿es esto ser cosmopolita, consumir los más comerciales y mediocres productos del mundo a los precios más caros? Damos una vuelta por este barrio tan lleno de tonterías. Vemos buenos malabares con mucho sentido del humor, tan buenos que la gente corre para dejarles unas libras.

Hace frío. Nos tomamos un café italiano en una franquicia. El local es abierto, te sientas y la gente te ve y tú ves a los paseantes, así se ahorran pagar un espectáculo. Tienes que servirte tú mismo y te cuestan 600 pesetas, una maravilla. Amo Europa. Después de robarte en nueve cafés, te regalan el décimo. Por lo menos, me dibujo a unos clientes. Me canso de tanta cháchara de blanquita rubia con pecas.
Trafalgar y Nelson en una columna a lo Simón del desierto con los leones tapados por la lluvia (deberían usar paraguas). Todo está lleno de tiendas donde venden banderas, taxis, buses rojos de dos pisos, cabinas, beefeaters y la torre del Big Ben. Deberíamos alejarnos de todo esto. Cogemos uno de esos buses de verdad y nos subimos para disfrutar del recorrido. Nos bajamos en el barrio. Cenamos en el Yum Yum, que es un chino-melanesio-thai barato. Nos comemos unos menús por 6,50 libras. Nos rellenan los tés calientes y nuestro cuerpo se entona.

La imagen siguiente es Beni en el sofá con una manta a las diez de la noche. Yo pienso en esos violines crecientes cuando aparece el The End.

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